1.
Autor de la obra:
Julio
Ramón Ribeyro
………………………………………………………………………
2.
Escuela literaria:
………………………………………………………………………
3.
Género literario:
Narrativo
………………………………………………………………………
1.
Principales:
-Ramón
-Fausto López
2.
Secundarios:
- ninguno
1.
¿Cómo es el narrador?
Muy espontaneo
2.
¿Cómo es el lenguaje que
utiliza el lector?
Claro, natural con matices afectivos
3.
se escribe en 1°, 2°,3°,4°
persona
Se
escribe en tercera persona
4.
Apreciación personal:
Me
pareció una historia muy interesante y a
la vez tierna ya que podemos apreciar lo
que un hombre puede llegar a hacer
por una mujer muy bella
LA PALABRA DEL
MUDO-DIRECCION EQUIVOCADA
Ramón abandonó la oficina con el expediente bajo el brazo y se dirigió a la
avenida Abancay. Mientras esperaba el ómnibus que lo conduciría a Lince1,
se entretuvo contemplando la demolición de las viejas casas de Lima. No pasaba
un día sin que cayera un solar de la colonia, un balcón de madera tallada o
simplemente una de esas apacibles quintas republicanas, donde antaño se fraguó
más de una revolución. Por todo sitio se levantaban altivos edificios
impersonales, iguales a los que había en cien ciudades del mundo. Lima, la
adorable Lima de adobe y de madera, se iba convirtiendo en una especie de
cuartel de concreto armado. La poca poesía que quedaba se había refugiado en
las plazoletas abandonadas, en una que otra iglesia y en la veintena de casonas
principescas, donde viejas familias languidecían entre pergaminos y
amarillentos daguerrotipos.
Estas reflexiones no tenían nada que ver evidentemente con el oficio de Ramón:
detector de deudores contumaces. Su jefe, esa misma mañana, le había ordenado
hacer una pequisa minuciosa por Lince para encontrar a Fausto López, cliente
nefasto que debía a la firma cuatro mil soles2 en tinta y papel
de imprenta.
Cuando el ómnibus lo desembarcó en Lince, Ramón se sintió deprimido, como cada
vez que recorría esos barrios populares sin historia, nacidos hace veinte años
por el arte de alguna especulación, muertos luego de haber llenado algunos
bolsillos ministeriales, pobremente enterrados entre la gran urbe y los lujosos
balnearios del Sur. Se veían chatas casitas de un piso, calzadas de tierra,
pistas polvorientas, rectas calles brumosas donde no crecía un árbol, una
yerba. La vida en esos barrios palpitaba un poco en las esquinas, en el
interior de las pulperías3, traficadas por caseros y borrachines.
Consultando su expediente, Ramón se dirigió a una casa de vecindad y recorrió
su largo corredor perforado de puertas y ventanas, hasta una de las últimas
viviendas.
Varios minutos estuvo aporreando la puerta. Por fin se abrió y un hombre
somnoliento, con una camiseta agujereada, asomó el torso.
-¿Aquí vive el señor Fausto López?
-No.
Aquí vivo yo, Juan Limayta, gasfitero4.
-En
estas facturas figura esta dirección -alegó Ramón, alargando su expediente.
-¿Y
a mí qué? Aquí vivo yo. Pregunte por otro lado -y tiró la puerta.
Ramón salió a la calle. Recorrió aún otras casas, preguntando al azar. Nadie
parecía conocer a Fausto López. Tanta ignorancia hacía pensar a Ramón en una
vasta conspiración distrital destinada a ocultar a uno de sus vecinos. Tan sólo
un hombre pareció recurrir a su memoria.
-¿Fausto López? Vivía por aquí pero hace tiempo que no lo veo. Me parece que se
ha muerto.
Desalentado, Ramón penetró en una pulpería para beber un refresco. Acodado en
el mostrador, cerca del pestilente urinario, tomó despaciosamente una
coca-cola. Cuando se disponía a regresar derrotado a la oficina, vio entrar en
la pulpería a un chiquillo que tenía en la mano unos programas de cine. La
asociación fue instantánea. En el acto lo abordó.
-¿De
dónde has sacado esos programas?
-De
mi casa, ¡de dónde va a ser?
-¿Tu
papá tiene una imprenta?
-Sí.
-¿Cómo se llama tu papá?
-Fausto López.
Ramón suspiró aliviado.
-Vamos allí. Necesito hablar con él.
En
el camino conversaron. Ramón se enteró que Fausto López tenía una imprenta de
mano, que se había mudado hacía unos meses a pocas calles de distancia y que
vivía de imprimir programas para los cines del barrio.
-¿Te
pagan algo por repartir los programas?
-¿Mi
papá? !Ni un taco! Los dueños de los cines me dejan entrar gratis a los
seriales.
En
los barrios pobres también hay categorías. Ramón tuvo la evidencia de estar
hollando el suburbio de un suburbio. Ya los pequeños ranchos habían
desaparecido. Sólo se veían callejones, altos muros de corralón con su gran
puerta de madera. Menguaron los postes del alumbrado y surgieron las primeras
acequias, plagadas de inmundicias.
Cerca de los rieles el muchacho se detuvo.
-Aquí es -dijo, señalando un pasaje sombrío -. La tercera puerta. Yo me voy
porque tengo que repartir todo esto por la avenida arenales.
Ramón dejó partir al muchacho y quedó un momento indeciso. Algunos chicos se
divertían tirando piedras en la acequia. Un hombre salió, silbando, del pasaje
y echó en sus aguas el contenido dudoso de una bacinica.
Ramón penetró hasta la tercera puerta y la golpeó varias veces con los puños.
Mientras esperaba, recordó las recomendaciones de su jefe: nada de amenazas,
cortesía señorial, espíritu de conciliación, confianza contagiosa. Todo esto
para no intimidar al deudor, regresar con la dirección exacta y poder iniciar
el juicio y el embargo.
La
puerta no se abrió pero, en cambio, una ventana de madera, pequeña como el
marco de un retrato, dejó al descubierto un rostro de mujer. Ramón,
desprevenido, se vio tan súbitamente frente a esta aparición, que apenas tuvo
tiempo de ocultar el expediente a sus espaldas.
-¿Qué cosa quiere? ¿Qué hay? -preguntaba insistentemente la mujer.
Ramón
no desprendió los ojos de aquel rostro. Algo lo fascinaba en él. Quizá el hecho
de estar enmarcado en la ventanilla, como si se tratara de la cabeza de una
guillotina.
-¿Qué quiere usted? -proseguía la mujer-. ¿A quién busca?
Ramón titubeó. Los ojos de la mujer no lo abandonaban. Estaba tan cerca de los
suyos que Ramón, por primera vez, se vio introducido en el mundo secreto de una
persona extraña, contra su voluntad, como si por negligencia hubiera abierto
una carta dirigida a otra persona.
-¡Mi
marido no está! -insistía la mujer-. Se ha ido de viaje, regrese otro día, se
lo ruego...
Los
ojos seguían clavados en los ojos. Ramón seguía explorando ese mundo
inespacial, presa de una súbita curiosidad pero no como quien contempla los
objetos que están detrás de una vidriera sino como quien trata de reconstruir
la leyenda que se oculta detrás de una fecha. Solamente cuando la mujer
continuó sus protestas, con voz cada vez más desfalleciente, Ramón se dio
cuenta que ese mundo estaba desierto, que no guardaba otra cosa que una
duración dolorosa, una historia marcada por el terror.
-Soy
vendedor de radios -dijo rápidamente-. ¿No quiere comprar uno? Los dejamos muy
baratos, a plazos.
-¡No, no, radios no, ya tenemos, nada de radios! -suspiró la mujer y, casi
asfixiada, tiró violentamente el postigo.
Ramón quedó un momento delante de la puerta. Sentía un insoportable dolor de
cabeza. Colocando su expediente bajo el brazo, abandonó el pasaje y se echó a
caminar por Lince, buscando un taxi. Cuando llegó a una esquina, cogió el
catapacio, lo contempló un momento y debajo del nombre de Fausto López
escribió: "Dirección equivocada". Al hacerlo, sin embargo, tuvo la
sospecha de que no procedía así por justicia, ni siquiera por esa virtud
sospechosa que se llama caridad, sino simplemente porque aquella mujer era un
poco bonita.
(Amberes, 1957)
JULIO RAMON RIBEYRO
Julio
Ramón Ribeyro Zúñiga (Barranco, Lima, 31 de agosto de 1929 - Lima, 4 de diciembre de 1994) fue un escritor peruano, considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura latinoamericana. Es una figura destacada de la Generación del 50 de su país, a la que también
pertenecen narradores como Llosa,
Enrique y Carlos
Eduardo Zavaleta.
Su obra ha sido traducida al inglés,
francés, alemán, italiano, holandés y polaco. Aunque el mayor volumen de su
obra lo constituye su cuentista, también destacó en otros géneros: novela, ensayo, teatro, diario
y aforismo. En el año de 1994 (antes de su
defunción) ganó el reconocido Premio de Literatura
Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.
Balance de
su obra
El
conjunto de sus cuentos se halla reunido en el libro La palabra del
mudo, que fue ampliando a lo largo de su carrera y suma cuatro volúmenes.
Entre sus cuentos más célebres figuran "Los gallinazos sin plumas",
"Al pie del acantilado", "Alienación",
"El doblaje" y "Silvio en El Rosedal".
Con
sus obras, aparecidas a partir de la década de 1950, el
Realismo Urbano llega a su desarrollo pleno en el Perú, y se
abre camino para las obras de los autores del boom latinoamericano como Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique. Ribeyro, sin embargo,
prefirió vivir alejado del denominado Boom.
Narrados
con un estilo sencillo e irónico, los personajes de sus historias,
frecuentemente, pertenecientes a la clase media establecida
o la clase baja ascendente, se encuentran ante situaciones de
quiebre y fracaso, usualmente ante pequeñas tragedias personales o cotidianas
que se articulan con los discursos en constante pugna: el racismo, los rezagos
de una Lima colonial anquilosada, la migración campo-ciudad; así como
sentimientos personales como la soledad y
el fracaso.


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